Nunca, desde que salí de casa de mis padres, he conocido a mis vecinos. No sé cómo se llaman, no sé apenas nada de sus vidas, más allá de lo que pueda deducir cuando me los cruzo por la escalera... ¡Qué leches! Si ni siquiera sé a qué piso van cuando me los cruzo en el ascensor... Mi mente no es capaz de retenerlo. Sé que se me lee como una persona reservada, algo arisca, que no tiene interés en relacionarse demasiado. Yo no lo intento, ellos no lo intentan... Y ahí queda la cosa.
A veces, muchas, me da pena. Siento que en esto también he sido vencida por el turbocapitalismo: aislamiento, individualismo, atomización. Lo que es peor: me he dejado vencer, porque #IngeñeroPrometido sí tiene conocimiento de sus vecinos y es tan reservado socialmente como yo, o más. Pero no sé, no me sale hacerlo de otra manera, no sé cómo se hace.
Lo bueno es que a veces me permito fantasear con que vivo en un patio de vecino, de estos cuadrados y cuajados de geranios, de vida comunal y crianza tribal de las criaturas. Es mucho fantasear, lo sé, pero no puedo evitarlo cuando vuelvo a casa en las horas previas a la hora de comer, cuando por las puertas de las casas se filtran el olor a cocido de una vivienda, las lentejas de otra, la pizza casera de la de más allá y los (probablemente) flamenquines fritos de otra. Que buena parte de las viviendas estén haciendo lo mismo al mismo tiempo me permite soñar con cierta comunidad. Al menos aquí todavía se cocina. No es poco.