Jodida, pero no sorprendida

«Vacaciones»

«Qué mal repartido está el mundo desde el primer mes de enero». Estopa, Vacaciones.

Son palabras de Estopa, pero las hago mías porque son muy sabias y, además, porque la canción viene al tema del que voy a hablar hoy: las vacaciones.

El otro día ví en el telediario un reportaje que me hizo volver a plantearme si yo habito en un mundo distinto al resto de españoles o si (lo más probable) he sido toda la vida parte del porcentaje de gente corta de bienes y, como las clases sociales existen, la gente de la que me he rodeado ha sido, en general, más o menos igual de corta de bienes que yo.

El reportaje decía que un tercio de los españoles no va a poder irse de vacaciones ni siquiera una semana. Dedicaba un buen rato a hablar de lo terrible que es eso para la salud mental y para todo, el no poder salir del entorno cotidiano, el no poder cambiar de aires. Un verdadero drama. Mientras tanto, yo en mi casa me quedé con la boca tan abierta que casi se me cae la ensaladilla rusa de la boca: en mi vida, y tengo 37 años y medio, me he ido de vacaciones una semana, hulio. Este es el primer año que voy a hacerlo y me estoy cuestionando si no será el último. Lo que te decía el otro día de que las cicatrices de la pobreza no se van.

Me quedé pensándolo seriamente. Jamás me fui de vacaciones mientras estuve viviendo con mis padres (lo máximo, unos días, dos o tres, en casa de mi tía en València, conviviendo con mis tíos y mis cuatro primos, en total, diez personas en un piso, no recuerdo cómo lo hacíamos). Después, cuando me fui de casa bastante tenía yo con no morirme de hambre o frío como para pensar en vacaciones. De hecho, eran un buen periodo para trabajar dando clases particulares a criaturinchis. Cuando, por fin, conseguí la plaza de funcionaria, tras superar el año de prácticas, decidí tirar la casa por la ventana y concederme un deseo: ir a ver el Museo del Prado. Así que me regalé 4 o 5 días en Madrid en agosto, . No llega a una semana. Nótese: Tenía 29 años la primera vez que visité el Museo del Prado. El año pasado volví a salir, pero tampoco llegó a una semana: unos 5 días en Cazorla. Ahora, mientras escribo, dudo si un verano llegué a pasar 1 semana en el apartamento de Fuengirola de los padres de mi ex. Puede que sí, no estoy segura. Si llegó fue por los pelos.

Normalizamos lo que es normal (habitual) en nuestro entorno. En mi mundo lo normal ha sido que la gente no se vaya de vacaciones. Es cierto que algunos compañeros de clase del cole lo hacían, pero no sé, para mí era una absoluta extravagancia. Han tenido que pasar años y años para que el telediario me saque de mi error: la extravagancia era la mía. Aun así, un tercio de extravagantes que no pueden permitirse irse de vacaciones (y a saber qué más cosa) son demasiados, ¿no te parece?

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