Llevo días queriendo sentarme a escribir un post tierno, esperanzador, pero hoy me siento a llorar en este rincón de Internet1. En días como hoy entiendo muchas cosas. No voy a ser yo la libre de pecado que lance piedra alguna, hace ya tiempo que no se me ocurre.
Es curioso. Una está bien. Ha tenido unos días agradables (salvo alguna cosa). Ha quedado con sus amigas después de tiempo, y se han reído mucho. Ha recibido regalos muy considerados. Sigue encajando piezas de un proyecto ilusionante. Ha hecho el amor con su pareja. Ha recibido sol. Su planta parece no querer morirse. Tiene mil y un motivos por los que dar gracias (y algunos por los que maldecir, claro, pero ¿quién no?). Está bien, es fin de semana y se ha dado permiso para holgazanear un poco y posponer alguna tarea. Puede permitirse también ver la tele o leer sin mirar el reloj. Está bien. Y entonces...
Entonces el temporal que sorprende mientras tomas el sol en la playa. Las sombrillas volando, la arena arañándote la piel, metiéndose en los ojos, el caos y las carreras. Entonces lo que parece el fin del mundo. Y no es el fin del mundo un mal domingo, una crisis emocional sin causa aparente, igual que no lo es que se levante una tormenta de verano. Pero a veces lo parece. Y, lo que es peor, a veces una desea que lo fuera2.
Ojalá.
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hay cosas que no cambian. Llevo haciendo lo mismo desde los 16: llorar en un blog o sucedáneo. ↩
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Creo que nunca me han encerrado, que nunca me han tomado en serio cuando hablo de estas cosas por la manera de contarlas. La metáfora despista, despreocupa, quita peso. Casi parece que me lo estoy inventando, ¿verdad? ↩