Jodida, pero no sorprendida

Quienes se marchan de Omelas...

Supongo que habré entendido mil cosas mal del relato, queda pendiente una (o varias) relecturas. Dadme cancha: esto no es un comentario crítico del texto de Le Guin, sino una reflexión personal sobre la felicidad que lo usa como excusa


«El problema es que tenemos la mala costumbre, alentada por gente pedante y rebuscada, de cosndierar la felicidad como algo bastante estúpido. Solo el dolor es intelectual, solo la maldad es interesante.» Quienes se marchan de Omelas, de Úrsula K. Le Guin


He ido descubriendo a Úrsula K. Le Guin de a pocos. Leí La mano izquierda de la oscuridad en un club de lectura y, aunque me llamó la atención, la cosa quedó ahí. Cogí Contar es escuchar en un intercambio de libros y lo aparqué en la estantería año y pico. Lo leí hace unos meses y decidí que esa señora era verdaderamente interesante (debía serlo, excepcionalmente, porque una señora mediocre no tiene nada que hacer en este mundo, tiene que ser excepcionalmente algo). Y en un arrebato ayer decidí leer un relato harto citado en Mastodon: Quienes se marchan de Omelas. El relato da para mucho, pero no creo haber extraído todo el jugo que la historia da, así que me reservo todavía ese proceso. De lo que vengo a hablar es de la felicidad, como si fuese un tema más sencillo.

Pero, de alguna manera, lo es. Sencillo, digo. No simple, sencillo. Al menos, de entender. Alcanzarla ya es otra cosa. Entonces, si tan sencillo es de entender, ¿por qué llevan corriendo ríos de tinta desde hace siglos sobre el tema? ¿Por qué hay estantes y estantes de libros de autoayuda con recetas mágicas para ser felices? ¿Por qué, con frecuencia, alguno de estos libros ocupa un puesto en el estante de los más vendidos en no-ficción (jeje)? Porque nuestro cerebro se resiste a aceptar la sencillez de la felicidad justo por lo que dice en la cita que incluyo al principio de este texto, una cita que Le Guin deja ahí, como si nada, en las primeras líneas del relato, como si no tuviese una carga de profundidad que pudiese suscitar ensayos y hasta tesis doctorales.

Recuerdo que, salvando las distancias, hice una reflexión parecida en privado hace años, con el boom de los superhéroes y su oscurecimiento progresivo en Marvel y la «batmanización» de Superman. Sobre todo con esto. DC, en su intento de hacer a Superman complejo, interesante, elevado, elimina su sencillez de muchacho de campo del medio oeste estadounidense y lo convierte en una especie de reflejo de Batman: atormentado, ceñudo, mortalmente serio. ¿Por qué? Porque un superhéroe sencillo, con una jerarquía de valoes clara, que no vive en un conflicto permanente consigo mismo y con el mundo no puede interesarle a nadie más que a los niños. Demasiado simple. (Ah, de nuevo, la confusión). Solo el dolor es intelectual, solo la maldad es interesante. En mi opinión, se cargaron a Superman, pero bueno, mi opinión a nadie le importa, porque la gente compra esa premisa. Y todos tan infelices.

Desde dentro de esta trampa no se puede ser feliz, queridas. Somos felices y no lo vemos porque estamos esperando algún tipo de épica o porque repasamos para ver si hemos derrotado a suficientes monstruos para merecer estar bien. Y nunca es suficiente. Porque la felicidad no está en la gloria, en la celebración de las victorias sobre los demonios, sino, como también dice Úrsula K. Le Guin en su relato, la victoria que celebran las personas felices es la de la vida.

La felicidad es sencilla y creo que, precisamente por eso, queda anulada por lo complejo. Nadie leería el diario de una persona feliz porque sería tremendamente aburrido: disfrutar del desayuno después de una noche de sueño tranquilo, ir cumpliendo con el día y sus quehaceres de manera más o menos serena, enfrentar las dificultades desde la estabilidad que da tener un suelo firme desde el que hacerlo, charlar con amigos, hacer el amor con la persona amada, comer algo sabroso, mover el cuerpo con gozo, dejarse sorprender por una libélula roja o por los colores del atardecer. Y dormirse de nuevo, con la sonrisa en los labios. Qué tostón, ¿verdad? Qué naif. Y así un día tras otro.

Pero si lo pensamos quitándonos esos prejuicios, es la lucha la que nos priva del goce. La enfermedad. El consumo de nuestro tiempo por otros. La incapacidad de disfrutar de esos pequeños placeres. Y, de alguna manera, creo que la cosa va calando: cada vez más personas, tras uno de esos acontecimientos épicos, de esos eventos canónicos, piden dejar de vivir tiempos interesantes.

No sé hacia donde van quienes se marchan de Omelas, parece que ellos sí. Lo que sí creo saber es que, aunque avancen empujados por la justicia, lo hacen con el corazón roto.

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