Jodida, pero no sorprendida

Querida Marta

Ha pasado ya una semana desde que te marchaste y ahora, ahora que ya no estás, me pongo yo a escribirte. Ya ves. Ahora que ya no estás lamento lo que no te he dicho. Ahora que no estás, ahora que diga lo que diga será por mí y no para ti, me apetece reconocerte. Menuda gilipollas estoy hecha.

Seguro que tú dirías que no. Siempre fuiste amable conmigo. Siempre fuiste amable, en realidad. Eras una de esas escasas personas que tienen la rabia perfectamente calibrada, perfectamente dirigida: contra los que oprimen, contra los que dañan, contra los que estigmatizan, contra los que patologizan, contra los que avergüenzan. Para todos los demás siempre tenías una palabra amable, una frase de ánimo, un gesto de acompañamiento en la dirección adecuada. Me habría gustado que supieses cuánto significaban para mí esas palabras, especialmente viniendo de ti.

No he dejado de pensar en ti ni un día desde que no estás, y esto a veces me parece dramático por mi parte, me siento una impostora, como si estuviera usurpándole el duelo a tu gente. Porque yo no era nada tuyo, ni tú nada mío: yo era una señora random de interné y tú una mujer y activista a la que admiraba y a la que nunca di un abrazo. Lo pensé, ¿sabes? Estuve sentada detrás de ti durante una charla entera de la TacitaCon (primera edición). Empecé preguntándome si eras tú (por aquel entonces te seguía en Twitter y, sobre todo, leía con pasión tus publicaciones de Instagram (tan crudas, tan intensas, tan auténticas, tan dispares). Quería decirte que te leía, que me alucinabas, darte un abrazo si me dejabas. Pero mi timidez, mis dobles, triples y cuadruples pensamientos y mi torpeza social me frenaron. «Dónde vas, payasa, que ni sabe quién eres». Lamento no haberte dado ese abrazo. No porque hubiese cambiado nada, sino porque los abrazos que no se dan no se recuperan. Nunca.

Decía que no dejo de pensar en ti porque, de alguna manera, pensaba que eras de esas personas que siempre resurgían de sus propias cenizas. Estaba acostumbrada a verte hundirte en el dolor más profundo (en tu cama, a oscuras) y a resurgir luchando, no como si nunca te hubiese dolido nada (los que nunca han sentido dolor no luchan con esa rabia, con esa fuerza, con esa urgencia), sino como si hubieses conseguido transformar ese dolor en combustible. Escribías, dabas charlas, hacías activismo, ... Parecía que esos ciclos te hacían eterna. Lamento infinito que no haya sido así. Era mucho pedir en este mundo.

Desde que no estás hay una frase que antes me consolaba y que ahora me da coraje. En mis propias travesías por el infierno suelo aferrarme a la canción El tiempo que no estés, de Valeria Castro. Me ha acompañado y me ha dado aliento en el patalear para salir de las arenas movedizas. Pues en esa canción hay una frase, «que la valentía me aguante si no soy lo fuerte que creía», que me repetía como un mantra, como un deseo. «Si me faltan las fuerzas, que tenga el valor suficiente para seguir». Pero ahora me da coraje. Porque hay otra frase interesante: «No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista». Cuando el mal dura tanto, no hay fuerzas, ni valor, ni nada, que valgan: una se agota, no puede más, y si en el momento más oscuro no hay un destellito de luz, en ese momento exacto, breve y necesario, pues ya está. Creo que no voy a poder volver a escuchar esa canción sin pensar en ti, como excepción: no queda invalidada, pero me hace recordar que los deseos no son certezas, que los sueños no hacen promesas.

Me parece mentira que no estés. Ando compartiendo cada artículo tuyo que veo, cada mensaje de tus seres queridos honrándote, entro en lso comentarios de todos como esperando verte dando las gracias. Qué pena tan grande, Marta, cuánto vacío has dejado. No sé si te hacías una idea.

Y, como ya he dicho, me siento culpable, indigna de esta pena, del llanto, de secuestrar tu recuerdo varias veces al día... Pero aquellos que hemos florecido en la penumbra no podemos más que llorar cuando se apaga una luz tan cálida y amable como la tuya. Aunque sea desde el agradecimiento por haber conocido tu existencia y, por tanto, notar tu falta ahora, ¿cómo no me voy a doler por tu pérdida?

Thoughts? Leave a comment