Esta mañana en Mastodon una usuaria hablaba de que una amiga le había enseñado la apertura de conversación de Tinder de un muchacho como siendo esta la gran cosa. «Amiga», contestó la MastodontA, «esto huele a ChatGPT». A lo que la moza en cuestión contestó que ella también le había contestado con ChatGPT. La MastodontA acababa la reflexión señalando lo curioso de que dos manifestaciones del mismo LLM estuviesen ligando mientras dos humanos estaban allí a verlas venir.
Otro usuario contestaba diciendo que ya había señorEs, masculino no genérico, que decían que para qué necesitaban parejas si ya tenían a ChatGPT.
¿No te parece ultra distópico? Me hace pensar en cómo el turbocapitalismo ha influido ya y de forma aparentemente irreversible en nuestra forma de relacionarnos eróticamente (en sentido amplio, no solo en lo que respecta al sexo). Me gustaría mucho ser la gran Jana del Bosco, tener su tesón investigador y su paciencia para desgranar ideas, buscar referencias y argumentar mis pensamientos. Pero no lo soy, así que te vas a tener que conformar con mi manera chusca de escupir mis ideas. Perdon't.
Una de la cosas curiosísimas que se han llevado hasta el extremo es la performatividad (el parecer, el aparentar) en todo lo que respecta al amor. A ver, esto no es, en esencia, nuevo. Siempre ha existido lo que yo llamaba «campaña electoral»: ese periodo de la relación, al inicio, en el que intentamos dar nuestra mejor cara, impresionar, convencer de que nos compren. Y el lenguaje comercial no es inocente. Esto está motivado por una concepción de la vinculación amorosa basada en la seducción, en el tener que manipular o engañar a la otra persona para que se interese por una (femenino genérico). Pero lo realmente perverso es que ahora ya no hacemos el esfuerzo ni de pensar en cómo organizar la pantomima: que lo piense un LLM, que yo estoy muy liada. Liada para conectar. Ojú.
De verdad que es loquísimo lo muchísimo que se ha asimilado el ligar/enamorarse a la compra de productos. Desde las aplicaciones manejadas por algoritmos que te «recomiendan» a tu alma gemela hasta el pedir a un LLM que nos diga qué buscar en una pareja, cómo convencerla de que inicie una conversación con nosotros o a saber.
Aunque yo soy muy fan de la responsabilidad individual, no creo que esto sea una cosa por la que podamos culparnos al 100%. Por ejemplo, más de una persona, sobre todo hombres, me han manifestado lo difícil que es conseguir hablar con alguien en las aplicaciones de citas: «Si empiezas con un "Hola, ¿qué tal?" estás condenado». Ya digo: no es un temor individual. Parece ser que, en este mundo de hiperestimulación constante, necesitamos que nos dejen con la boca abierta todo el puñetero rato, en cada jodido momento. Qué agotador. Ante esa presión, mucho mejor que las impresione ChatGPT, ese Cyrano devorador de recursos y trabajo ajeno. Lo que vaya a pasar después ya es un problema de nuestro yo del futuro, ¿no?
Hasta aquí, aunque horrorizada, puedo ser comprensiva. Conectar es difícil, conocer gente complicado, la vida muy rápida, el mundo difícil. Yo qué sé. Pero lo de los señores abandonando la búsqueda de pareja porque ChatGPT les da lo que necesitan. Creo que esto puede resultar bastante esclarecedor para hablar de la epidemia de soledad masculina: las mujeres tienen cada vez unos estándares más exigentes en lo que quieren/necesitan en un compañero (lo cual no está mal, porque el listón estaba en el infierno) y los señores se conforman con tan poco que a algunos les vale un LLM que finja escucharles y les dé la razón amablemente.
Esta situación me recuerda al auge del Satisfyer. Las bondades del aparatejo corrieron de boca en boca entre grupos de amigas, llegaron a las redes sociales y a los medios. Rápidamente había opiniones a raudales sobre las maldades del aparatejo: que si adicción, que si insensibilidad, que si incapacidad de disfrutar del sexo sin el cacharro. Una cosa loquísima. De eso, de cómo asusta nuestra independencia para el placer, hablamos otro día si quieres. Pero lo más loco fue la marabunta de señores quejándose de que iban a ser sustituidos por el dichoso aparatejo. Y yo, qué quieres que te diga, no paraba de querer decirles a esos contrariados señores, cogiéndoles de los hombritos: «Cari, si tu desempeño como pareja, incluso como pareja meramente sexual, puede ser sustituido por un Satisfyer, el problema no es el Satisfyer, eres tú».
Así que, bueno, como mujer no me vas a oir lamentarme por que los señores nos estén sustituyendo por ChatGPT (aunque sí me lamente amargamente de la omnipresencia de los LLM y cómo se están obviando los problemas éticos y medioambientales que comportan). Tengo claro que lo que yo puedo aportar a una relación no hay LLM que lo sustituya: sé que el problema no está en mí. Y, honestamente, a los hombres que consideran que una mujer puede ser sustituida por ChatGPT y que esto les compensa los prefiero entretenidos con el ordenador que importunando a mis hermanas.