El otro día así, de la nada, me dieron ganas de hacer puto yoga. Todos mis respetos a la gente que disfruta del yoga, pero yo lo detesto: me pone de muy mala leche, me frustra, me ennerva. Pero el otro día, por lo que sea, el cuerpo me pedía hacer una sesión de yoga (o lo que sea que performa la señora Xuan Lan). Me sentó bien a pesar de pasarme lo de siempre, que acabé de los nervios, frustrada, sintiéndome una mezcla de patata y alcayata sudada y torpe. Supongo que porque hice lo que me pedía el cuerpo.
No ha sido hasta hace poco, un mes después prácticamente de dejar de trabajar (porque dejar de trabajar y empezar las vacaciones son cosas bien distintas), que he empezado a escuchar mi cuerpo. Porque ese es un mandato que nos recordamos mucho: "Escucha a tu cuerpo o acabará gritando", "Haz lo que te pida el cuerpo", "Si tu cuerpo te pide parar, tienes que parar o lo hará por la fuerza". En fin, esas cosas bienintencionadas que nos decimos las amigas. Y es verdad. Pero, ¿tú de verdad escuchas a tu cuerpo?
Porque yo, generalmente, no. No sé si es una cosa mía, relacionada con mi caprichosa propriocepción, o si es una cosa sistémica. Puede que no tenga que elegir y sea un poco de cada. Sea como sea, durante la mayor parte del año estoy en una inercia de aceleración y rutinas apretadas que mi cuerpo no tiene tiempo ni espacio para decir ni mú. Tal vez pienses: "Bueno, basta con hacer ese tiempo, con buscar ese espacio, entonces probablemente sepas lo que necesitas". Je. Ojalá.
La mayor parte del tiempo de mi vida, cuando escucho a mi cuerpo, lo que quiere es parar de forma más o menos permanente. A veces siento que quiero dormir 12 horas seguidas, otras una semana, otras para siempre. A veces, con demasiada frecuencia, desearía que un adulto responsable se hiciera cargo de mi vida mientras yo me tumbo en el sofá a mirar el techo. La cosa es que durante la mayor parte de mi tiempo estoy tan cansada que mi carne no tiene energía ni para desear. Así que no es solo que no escuche lo que dice: es que no tiene mucho que decir.
Es atroz vivir así, ¿no? Ya, ya sé: champagne problems. Otros viven asediados bajo bombas, o habitan en una hambruna inducida, y se mueren. Por desgracia los dolores no se anulan. Y todo eso no hace menos atroz que mi vida (y supongo que no solo la mía) consista, básicamente, en estar cansada, en avanzar en piloto automático, en seguir pedaleando por inercia porque, si paras, te vas al suelo.
Me ha quedado un post muy triste y, aun así, el fondo es positivo: aún me queda algo de verano para que mi cuerpo tenga las energías de pedir cosas y yo tenga el tiempo de dárselas. Aunque lo que me pida sea hacer puto yoga. Ains.
Lo del día que el cuerpo me pidió hacer yoga aunque lo odio, o como la pandemia me pedía moverme... en comparación a cuando estoy tan hasta el coño que el cuerpo no me pide nada. La dificultad de escuchar al cuerpo cuando se nos imponen unos ritmos insoportables.
Escuchar al cuerpo es bien, pero haciéndole el caso justito. Se crió y creció prácticamente durante toda su existencia en el paleolítico y la vida del mundo-moderno post-tribal post-escasez lo confunde abundante y continuamente. Pero como no hay dualismo, eres tú. Y todo es difícil. Leches. Bueno, al menos está bien entender... creo.
En todo caso, a veces hay que ser más paleolítica, ya sabes. Silencio, paz, mirarse mientras comemos y hablamos, pasear buscando algo en concreto... no sé, actividades que estimulen esa cazadora-recolectora que llevas dentro (p. e. los gatos no piensan: "qué perezota ponerme ahora a perseguir el juguete, se me acumula una pila de juguetes sin perseguir ^^ ").
El neolítico a veces apesta :)
Buena entrada, Bettie.
La señora que sobrevive en el mundo turbo capitalista no encuentra tiempo para ser cazadora-recolectora 😭😭😭😭😭
Yo no le hago mucho caso al cuerpo porque no siempre es inteligente ni coherente en l que pide. Por ejemplo: hacer ejercicio es sano y el cuerpo, si no está acostumbrado, te va a pedir que no lo hagas. En cambio, si estás muy en forma y acostumbras a hacer ejercicio regularmente, el cuerpo te va a pedir que sigas haciendo ejercicio un día tras otro aunque estés a punto de lesionarte. El típico caso de hacer un camino de Santiago sin planear un descanso en tres semanas: el cuerpo te pide seguir un día tras otro, porque ya se ha habituado a la dopamina, hasta que revienta. O se lesiona.
Hace tiempo leí que no hay que hacer lo que te apetece sino lo que te hace bien. Y bueno, es útil, pero también es una manera muy cansada de vivir