Esta noche he tenido un montón de pesadillas: una detrás de otra, sin parar, desde algo antes de las 4 de la madrugada. Lo peor de todo no han sido las pesadillas, sino mi mente entrando en modo centrifugado intenso tras cada una de ellas. Porque darle muchismas vueltas a las cosas is my passion.
Resulta que mis pesadillas eran perfectamente cotidianas y verosímiles. De hecho, se van a hacer reales más pronto o más tarde. En mis pesadillas no había fantasmas, vampiros, catástrofes naturales o sobrenaturales, no aparecía desnuda en el trabajo por un olvido... No. En mis pesadillas daban cita a mi padre para operarse y yo tenía que gestionar en el trabajo lo de irme al pueblo para echar una mano mientras mi madre se comportaba como ella se comporta, presionándome para gestionar sus mierdas y mi hermano me echaba en cara estar lejos y ser una mala hija, una mala hermana y una mala tía. Y yo, evidentemente, sobrepasada y queriendo desaparecer de la faz de la tierra. Si crees que estoy exagerando en lo de que se va a hacer realidad más pronto o más tarde: no. Porque ya ha sido realidad otras veces.
Pues mi mente en modo centrifugadora, aparte de intentar resolver un problema que aún no existe (porque mi padre no tiene fecha para la operación todavía) se ha puesto a contemplar la posibilidad de que toda mi inocencia haya sido sepultada por el peso del adulting. Porque, evidentemente, puesta a tener pesadillas, mejor demonios, dragones y vampiros que cosas que sabes que cualquier día se hacen realidad. Al menos con aquellas te queda el consuelo de, cuando despiertas, saber que estás a salvo.