...si ni siquiera entienden mi idioma?
Hace unas semanas me quejaba exagerada y amargamente de que jo, yo sé que nadie puede leerme la mente, que tengo que pedir lo que quiero, lo que necesito, pero que estaría bien que la gente pudiera leerme la mente alguna vez y no tener que estar pidiendo yo cosas todo el rato, jo. En fin, soy una mujer empoderada, una mujer moderna, una mujer asertiva: tengo que responsabilizarme de mis movaidas y verbalizar claramente lo que quiero, claro que sí.
Pero es tan cansado... A veces una querría que alguien hiciera por ella justo lo que necesita sin tener que decirlo, pero claro, es cierto, nadie puede leerte la mente. Eso es lo que te enseñan en terapia, ¿no?
Y entonces una señora estupenda, creo recordar que fue tirasdenaranja vino a decirme algo como: Buenoaver, ¿esperas que te lean la mente o simplemente que sean conscientes de que tienes ciertas necesidades y las atiendan sin necesidad de estar pidiendo todo el tiempo que te cuiden? BOOOOOOOOOOM, hermanas. Hostiaputa, de nuevo el patriarcado colándose en nuestras mierdas.
Y es que, si te paras a pensarlo, lo de no te pueden leer la mente es otra de las muchas formas que usamos para hacernos luz de gas. Yo no sé tú, pero yo cuido de mi gente sin parar sin necesidad de que me digan nada. Sé cuando una amiga ha tenido un mal día, cuando noto rara a mi pareja, cuando un alumno necesita que le dejen solo, cuando alguien quiere decirme algo difícil. No lo sé siempre, claro, no soy omnisciente por muy diosa que sea, puedo equivocarme. Pero en muchísimas ocasiones sí lo sé. Y cuando se dan las circunstancias, intento actuar para atender esas necesidades. De hecho, sí hay gente que me lee la mente: MIS AMIGAS. Ellas sí saben cuándo me pasa algo (aunque no ocurra siempre, de nuevo, son diosas pero no infalibles), y sí que intentan atender esas necesidades aunque no siempre sepan la mejor manera de hacerlo. Pero se dan cuenta. Así que, de nuevo, va a resultar que las señoras no somos tan misteriantes y, en general, tenemos un ejemplo más (y van enecientos) de señores haciéndose el muerto y no llegando al punto de reciprocidad ni de lejos. Ajam.
Me explotó el selebro, la verdad. No pido realmente que me lean la mente, pero sí que me lean un poco a mí como yo lo hago con los demás. Y que obren en consecuencia. No es tanto, no debería ser tanto. Así que estop hacerse luz de gas. Ser asertiva, bien, pero que eso no sea excusa para que el resto baje los brazos.
Pero claro, hoy mi querida Anushka me ha mandado una newsletter en la que se hacía referencia a unas declaraciones de Meryl Streep (en este enlace unidas a las de la estupenda Hannah Waddingham) en las que dice que hombres y mujeres tenemos idiomas distintos, nos expresamos de forma diferente (y esto ocurre por multitud de factores y circunstancias que pueden ser discutidos, pero creo firmemente que es así, que ocurre). Dice también que las mujeres hablamos el idioma de los hombres con fluidez (normal, nos han hecho inmersión lingüística en la escuela del patriarcado, je), pero los hombres, en general, no hablan el idioma de las mujeres, no lo entienden y, en muchos casos, creo que ni siquiera son conscientes de su existencia.
Los chistes son infinitos, claro. Las bromas sobre lo difíciles de entender que son las mujeres, je, lo que quiere decir la parienta, el por qué se ha pillao tremendo cabreo cuando dijo nojequé y yo hice nojecuantos... Pero el tema se zanja en que las mujeres somos complicadas, jeje. El esfuerzo de intentar sondear lo insondable ni se plantea. Ya veis: alguno se ha aventurado a intentar desentrañar la naturaleza misma de la belleza, la verdad o la justicia antes que intentar entender a su propia esposa. El género de los grandes filósofos, los grandes diplomáticos, los grandes exploradores... impotente ante la naturaleza femenina. Anda ya a zurrir mierdas con un látigo, hombre.
Hoy estoy poco diplomática: si los hombres no entienden a las mujeres, si no chapurrean siquiera su idioma es porque, dos puntos, no les da la gana. Pues bien, como dice la estupenda, maravillosa, reina, faraona Hannah Waddingham, ya es hora de que lo vayan aprendiendo.
Me imagino si el señor del donut y todos los de su club habrán tenido ya la epifanía o seguirán preguntándose qué cojones queremos las mujeres.
Dice Luis García Montero que "el amor, como todo, es cuestión de palabras" pero se equivoca en lo de que amarse es crear un idioma: amarse es entenderse, y eso funciona en los dos sentidos1. Me parece que durante demasiado tiempo una parte de los amantes ha estado renunciando a su lengua materna. Pues nada, señores, aquí tienen la oportunidad de hacer un gran gesto de amor: si de verdad aman a las mujeres, aprendan su lengua materna. Y a ver qué pasa.2
Algunos no entienden que hay que dar igual que se recibe, se llaman cuidados y han de ser recíprocos.
Así es. La reciprocidad y la simetría, esos grandes olvidados.