Decía Aristóteles que los humanos tenemos de especial, respecto de los animales, que, además de tener voz, tenemos palabra. Por eso somos sociales: la naturaleza no hace nada en vano y si nos ha dado palabras será para que las usemos. Unos con otros, se entiende.
Y qué maravilla de don, la palabra. No porque lo diga Aristóteles, sino porque lo digo yo. ¿O acaso no te han dicho nunca la palabra precisa? O la más inoportuna. Seguro que sabes de qué te hablo.
Últimamente he desbloqueado un miedo. He estado leyendo Las gratitudes de Delphine de Vigan. Si no lo has leído y te apetece, para aquí, porque te voy a destripar un trozo.
En él hay un personaje entrañabilísimo, Michka, que en su vejez desarrolla afasia. Ahora entiendo la gravedad de una de las escenas del principio: Michka buscando por el suelo, bajo la cama, por todas partes, algo que no sabía qué era. Y eran las palabras que estaba perdiendo.
Qué atroz ser capaz de pensar y no poder decir, ni escribir, lo que hay dentro de nosotros. Qué horror irse convirtiendo en una isla sin conexión con el resto de la humanidad poco a poco.
Ya me jode darle la razón a Aristóteles, pero en esto creo que la tiene. Puedo tolerar (no de buena gana) perder la voz. Pero no me merecería la pena seguir viviendo si no pudiese echar mano a las palabras.