Para que te hagas una idea: hoy he salido de un bazar sin comprar lo que había ido a buscar porque no tenía las fuerzas necesarias para preguntar el precio. Y no, no es un capricho, no es una extravagancia, no es timidez. Es que no podía hacerlo. Sin más. Supongo que esto para muchas personas (o no para tantas, si venís de Mastodon, la red más autista del interné, jejé) sonará rarísimo, muy marciano, pero así son las cosas y así te las estoy contando.
Por lo que sea, la gente suele asumir que no sé qué es lo mejor para mí. La semana pasada una compañera de trabajo me invitó a una comida que tendrá lugar el próximo viernes y a la que acudirán compañeros de mi anterior centro y también de este. Es gente que me cae bien, de verdad, pero no quise comprometerme: "Ya te digo algo la semana que viene, lo mismo llego al viernes tan hecha polvo que lo único que quiero es descansar".
-Pues precisamente por eso -indicó ella-, lo que tienes que hacer es venirte.
Pues insistí: "Para mí descansar es irme a casa y quedarme en penumbra y en silencio". Creo que el mensaje estaba claro pero no: siguió insistiendo.
La idea, te lo prometo, era ir. De hecho, cuando planifiqué mis menús la semana pasada, dejé el viernes libre. "Comida fuera", escribí. Pero a medida que transcurre la semana
Jodía, estamos a martes
a medida que transcurre la semana, he dicho, y eso que es solo martes, me estoy dando cuenta de que no voy a llegar con ganas ni fuerzas de socializar en un restaurante ruidoso (porque lo es). Y menos aún si, como parece, el viernes va a estar lloviendo con ganas. Así que ahí ando, pensando si lo explico, si ensayo una mentira o cómo me las gobierno para que se respete mi decisión de no ir a comer.
Durante toda mi vida he asimilado que no merece la pena explicarme. Pensaba que el problema era yo, claro. Un seré yo, señor en toda regla. Pero luego me he dado cuenta de que, por muy clara que sea, la gente va a interpretar lo que digo desde su prisma. Y como para ellos lo de "estoy tan cansada que no me apetecen unas cañas después de trabajar" suena a invento, pues así lo leen. O como "no puedo quedar hoy, tengo que hacer la compra" les parece una excusa absurda (porque no necesitan mi organización para que la vida no se les desmorone) eso es lo que creen: que no quiero verles.
Y lo mismo ocurre con los consejos, cuando manifiesto alguna incapacidad: lo interpretan como una petición de consejo. No, mira: no puedo. No es que no sepa, no es que no haya encontrado la forma, porque si fuera así preguntaría. Lo que te digo es que no puedo.
A veces les envidio. Ya me gustaría a mí no entender estas movidas. O no, porque la verdad es que es bastante desagradable. No sé si es que es tan difícil que se antoja imposible, pero creo que respetar lo que dice una persona sin presionarla y creer en que tiene buenas razones para decir lo que dice o hacer lo que hace no es tan complicado. Y, si se trata de una persona que no ha dado muestras de lo contrario, suponer que no hay maldad en sus palabras ni acciones tampoco me parece especialmente complejo.
Pero qué sabré yo.
A muchås nos hace mucha falta asumir y aprender a no insistir. Gracias por la observación.
Pues no eres tú. O, al menos, no eres tú sola la que piensa así y le pasa... Yo estoy igual.
A Alvaro: hay maneras de insistir. Por ejemplo: "Bueno, ya sabes que si te apetece o puedes eres bienvenida" es menos violento que "Venga, mujer, que no te vemos nunca", por ejemplo.
Gracias a ti por leerme