El título de este post no es muy efectista y lo que escriba dará lo que el título promete. Vengo a hablar de lo orgullosa que estoy de mi padre. Resulta que por eventos eventuantes mi padre se ha visto de golpe y porrazo solo en casa, haciendo el solterismo absoluto. Yo quiero mucho a mi padre y confío mucho en él, pero decir que no me preocupaba la situación sería mentir.
Cuál no ha sido mi sorpresa al llegar a mi casa y verla más que decente. Sí, un ojo que quisiera sacar pegas habría sacado el polvo por aquí y por allá, pero poco más. La cama perfectamente hecha, la ropa limpia, comida en la nevera, los suelos sin una pelusa... Mi padre ha encontrado su rutina y sus maneras para tener una casa perfectamente habitable y sobrevivir como un adulto funcional.
Supongo que esto no debería ser motivo de celebración, pero mi padre, como muchos hombres, se crió en un sistema en el que el hombre trabajaba y la mujer cuidaba (y trabajaba), en el que llegabas a casa y la comida estaba caliente bajo la estufa, en el que te despertabas y la ropa estaba lista. En el que la casa era un entorno mágico en el que las cosas, simplemente, estaban hechas.
Pues bien, cero problemas: ha empezado a hacer lo que sabía hacer, ha pedido ayuda para aprender a hacer lo que no, ha buscado soluciones a sus problemas (la mopa que usaba mi madre no le resultaba cómoda, habló con mi hermano y este le consiguió una que le apañaba mucho mejor), ha buscado la ayuda que necesita para llegar donde él no llega. Y yo soy una hija orgullosísima. Una vez más mi padre ha hecho lo que siempre hace, la cualidad que más envidio de él: ante un problema, soluciona y sigue adelante. Siempre. Es la persona más resiliente que conozco.
Conclusión de esto, porque si no le atizo a un señor en un post desaparezco: si un señor de 75 años criado en el patriarcado de la posguerra, es capaz, cualquier HorseLuis también.