Jodida, pero no sorprendida

Nuestra Odisea

«Los hombres llevan siglos narrando el largo y venturoso regreso a casa después de la guerra, las mujeres estamos contando la larga y angustiosa vuelta a nosotras mismas despuś del amor. Lucía Solla Sobral ha escrito nuestra Odisea». Bibiana Collado Cabrera

En mi trabajo hicimos un amigo invisible de libros el pasado día 23. Como una de mis pistas para mi amigo-librero invisible fue «literatura contemporánea escrita por mujeres» era inevitable que cayese el omnipresente Comerás flores de Lucía Solla Sobral, del que ya te hablé en la primera entrega de «Señoras haciendo cosas». No me importó, realmente. Lo leí en digital y me apetece mucho tenerlo, porque me provocó una sensación parecida a Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado Cabrera, la de «esta señora sabe de qué está hablando; sabe contarlo, sí, pero sabe lo que hay que contar». Es uan especie de sensación de hermanamiento con la escritora, la sospecha de que ambas podemos encontrarnos en ese relato de ojalá-más-ficción.

Pues no veas la ilusión que me hizo encontrarme la cita con la que abro esta entrada en la contraportada del libro. Bibiana Collado hablando del libro de Lucía Solla Sobral. Evidentemente, tenía que haber cierta sintonía, igual que la hay entre sus obras. Pero la sorpresa no quedó ahí: fue el contenido de la cita en sí el que me golpeó en la barbilla, elevándome unos centímetros por encima del mundo durante un buen rato. La revelación estaba servida.

Ahora no puedo dejar de darle vueltas. Para Odisea, la nuestra. Me da poca pena Ulises, nunca he podido empatizar con él. Si tantas ganas tenía de volver a casa, ¿qué hacía ciscándose a unas y a otras por aquí y por allá? Que sí, que los dioses, nojequé. Pero él también sabía entretenerse en misiones secundarias, no me jodas. Pero incluso si Ulises no fuera un cucaracho, la historia no es del todo trágica: la esperanza de llegar al hogar siempre está ahí, hay una motivación para enfrentarse a sirenas y lestrigones: volver al sitio en el que a uno se lo espera. Y al final, baño de sangre y media de chorra mediante, final feliz (salvo para las criadas que ahorcaron, claro, je).

Pero, ¿a dónde volvemos nosotras cuando nos perdemos? Hemos desaparecido hasta para nosotras mismas, no hay otra-yo1, previa al descarrilamiento, esperándome en ninguna parte. Nuestra odisea es volver a reconstruirnos tras el terremoto, empezar casi de cero. O sin el casi.

Y debería ser posible amar de otra manera, supongo que lo es, pero no es la forma de amar que nos enseñan a las mujeres. las mujeres tenemos que ser blandas, mullidas, cómodas y plásticas, adaptarnos a las particularidades y manías de nuestros amados, a sus horarios de trabajo y sus aspiraciones, mudarnos por amor, sacrificar lo personal para dar vida a lo compartido de forma que, por lo general, tras la ruptura el hombre ha perdido una esclava con funciones de criada, odalisca, ama de llaves y más, pero la mujer ha perdido su vida (si hay suerte, solo metafóricamente). Ya me diréis qué es más difícil de sustituir.

Así que, y pasa a las más listas de entre nosotras, a las más feministas e ilustradas, vamos cediendo espacio. Un poquito cada vez. Algo apenas significativo. Vamos perdonando y acomodándonos en una vida cada vez menos nuestra. Vamos abandonando hobbies que molestan, viendo menos a amistades que desagradan, sintiéndonos cada vez menos valiosas y menos adecuadas, menos merecedoras de amor y de respeto, más atrapadas y huecas. Y solas.

Así que, cuando una se escapa de las garras del cíclope o del lestrigón, si es que consigue hacerlo, con frecuencia no hay ningún sitio al que volver, ninguna persona a la que pedir ayuda y tampoco hay una identidad sobre la que levantarse. Porque en ese momento apenas eres persona. Intentas volver a parecerte a la que recuerdas que eras pero eso, tras años de vivir en la cueva de una bestia mitológica, no sirve. Así que empiezas a andar, a reconstruirte sobre la marcha, entendiendo que los fantasmas existen y que están entre nosotros pero que nadie se da cuenta, porque nadie parece haber notado tu muerte ni sorprenderse de tu precaria y penosa resurrección2 (que ojalá llevara solo tres días).

Ahora ando esperando a que alguna de nosotras escriba el equivalente a la «Ítaca» de Kavafis, pero para nuestra Odisea. Las mujeres lo necesitamos.


  1. y, con frecuencia, tampoco hay otras-otras. Una de las cosas que hacen estos monstruos es separarte de todo el mundo, de forma que no haya nadie para cogerte la mano cuando, sin aliento, llegues a la orilla. 

  2. yo lo visualizo un poco como el Doctor Manhattan intentando reconstruirse tras el accidente en la cámara de campos intrínsecos: un sistema nervioso caminando por la base para desintegrarse luego y volver a intentarlo en otro momento. Algo así es volver a la vida tras una relación abusiva y de maltrato. 

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