Hace unos días tuve una conversación con una alumna a la que admiro y respeto mucho. Es una alumna de 10, en todos los sentidos: educada, simpática, inteligente, creativa, con sentido del humor... Y hasta ahora no la había visto sufrir académicamente. Daba la sensación (jeje, las sensaciones, esa cosa) de que la alumna estaba petándolo sin demasiado esfuerzo emocional, al menos. Pero el otro día, al verse sin tiempo en un examen para realizar una parte del mismo, colapsó: se agobió tanto que se puso a llorar en clase, no sabía por dónde tenía que tirar, escribía y tachaba... Finalmente no llegó la sangre al río, pudo acabar el examen, pero yo me quedé preocupada y la cité: "Cuando puedas, cuando te sientas cómoda haciéndolo, quiero hablar contigo en privado sobre lo que ha pasado hoy, ¿vale?".
Acudió al día siguiente. Allí hablamos de salud mental, de autoexigencia desmedida (me alegró constatar que nadie la presiona, salvo ella misma, que no es poco), del derecho al error, de cómo lo perfecto es enemigo de lo bueno con frecuencia, de que debería trabajar en ciertas actitudes y formas de tratarse de cara al futuro porque pueden hacerle mucho daño. Me despedí con un: "Cuídate mucho, ¿vale?", y lo que motiva este post es su respuesta. Se giró, me miró desde la puerta, me sonrió y me dijo: "Nos cuidamos unas a otras, profe".
Y es verdad. Y eso me está dando mucha paz estos días. No es extraño que me sienta imbécil, que sienta que mi "bondad", con todas las comillas del mundo, es echar margaritas a los cerdos, que las cosas que tanto esfuerzo me cuestan no dan ningún fruto. Y no es que yo sea una paranoica exageradamente pesimista, es que con frecuencia, como suele decirse, ni agradecío ni pagao y, algunas veces, malinterpretao. Pero eso es lo más evidente. Lo otro, los brotes que han ido germinando y creciendo lentos pero seguros, suelen pasar desapercibidos, a veces hasta que se les ven las flores.
Me doy cuenta de que mi actitud de cuidado, de cariño, de conexión, aunque muchas veces me drena, genera a mi alrededor un espacio amable (en tanto que es posible). Por ejemplo, tengo unas alumnas en segundo de bachillerato que han ido mostrándome más y más cariño con el paso del curso y solo ahora, al final, me han explicitado por qué, qué ha significado para ellas mi manera de estar en su mundo, mi manera de ser y hacer. Y es emocionante. Ellas fueron las primeras en mandarme un mensaje cuando me dieron la baja por un episodio de ansiedad tremendo, me mandaron un vídeo que yo no tomé como algo especialmente significativo: "Vuelve, profesora, que si no no va a haber manera de que aprobemos tu asignatura". Pero entonces volví, y tras la primera clase, me persiguieron al departamento y me pidieron permiso para abrazarme.
Su presencia en mis días no ha sido percibida como algo significativo, era una presencia cordial, agradable, sin más. Pero ahora miro atrás y veo cuánto nos hemos cuidado sin hacerlo explícito. En las últimas semanas de curso me han hecho regalos (flores, una foto, una caja con sobres que abrir cada mes antes de mi boda), han tenido detalles brutales conmigo (fueron a un concierto del coro con una pancarta, a pesar de que diluviaba), me han ayudado a gestionar la clase, a organizar cosas, han mediado con sus compañeros... Todo un dispositivo de amabilidad y cuidados del que casi no era consciente o, más bien, debo decir que no era consciente de todo su alcance y profundidad.
Lo mismo ocurre con otra alumna, poco integrada en su grupo, en primera fila, que ha estado recibiendo mis bromas y guiños que presentaba como privadas entre las dos como pequeños salvavidas. O con otra alumna que ha atesorado el interés que he mostrado por ella, por su progreso académico y por su cultura como un regalo preciado, devolviéndome el favor con sonrisas esquivas que antes no existían. Podría poner muchísimos ejemplos solo de mi entorno de trabajo.
Te animo a pensar en esto. A intentar activar esa sensibilidad que la prisa nos tiene atrofiada, a notar esos cambios sutiles, esa alteración de los campos gravitatorios alrededor de las personas que cuidan, que se implican, que se interesan, que respetan, que quieren. Intenta abrir los ojos y los oídos, procura atender a los detalles mínimos. Verás como de pronto el mundo parece mucho más suave y amable, más hospitalario y habitable.