Cuando empecé a explorar el autismo como una posibilidad, como una categoría que podía hacerme comprensible para mí misma y para otros (pero sobre todo para mí misma) tuve que luchar, en primer lugar, contra mis propios prejuicios. ¿Cómo iba a ser yo autista? Autista era mi tío, que aprendió unas pocas palabras en toda su vida y que utilizaba más o menos aleatoriamente salvo tabaco para conseguir un cigarro y guapa, dirigido a mi tía, también para conseguir un cigarro. (Luego, claro, he visto que en mi familia había y hay más neurodivergentes pero bueno, ellos, como yo, pasaron por raros, sin más).
Pero vencí esa resistencia: mi trabajo me ha puesto en contacto con muchos niños y jóvenes autistas que no se parecen a mi tío o, al menos, no demasiado. Tampoco se parecían demasiado al resto de sus compañeros en multitud de cosas. Pero me di cuenta de que en esas cosas sí se parecían a mí. O yo a ellos. Me dio mucho que pensar. Y pensé. E investigué. Es lo que hago. Lo que he hecho siempre para entender lo que me resultaba incomprensible.
Después, cuando tras leer mucho, investigar mucho, hacer muchos tests y consultar con personas autistas, incluso tras acudir a una asociación tras haber seguido un proceso de autodiagnóstico (el demonio para los alistas, claro, que denuncian que queremos apropiarnos de alguna cosa especial que pertenece a los pobres autistas de verdad que, curiosamente, no parecen manifestarse demasiado en contra de esa vía de autoconocimiento) para recibir algo de orientación y validación, decía, después, cuando tras todo un proceso y bastante refuerzo, decidí empezar a explorar el reconocerme como autista con algunas personas la cosa no mejoró. Muchos pero cómo vas a ser tú autista, bastantes miradas de otra queriendo hacerse la especial u otra queriendo ponerse excusas para no adaptarse, y unas cuantas afirmaciones en ese sentido, sin filtro. E infinitos ¿pero tienes diagnóstico oficial?. Y no, no tenía diagnóstico oficial, así que no tenía derecho a que, como persona, se tomasen en cuenta mis necesidades (por lo demás, bastante poco peregrinas). Porque parece ser que, si no hay un papelito de por medio, no tenemos por qué ser considerados con nuestros amigos, conocidos y seres queridos. O «queridos», debería decir.
Así que al final acabé acudiendo a especialistas: tras un burnout que me llevó a tener un meltdown de 8 horas de llanto, temblores y malestar continuo y, de ahí, a estar medicada (otra vez) y a una baja médica por salud mental quise confirmarme si era yo, que era una floja incapaz de hacer lo que había que hacer, incapaz de soportar lo que había que soportar, o si es que mi cerebro estaba cableado de otra forma y yo procesaba el mundo de otra manera. A decir verdad, acudí antes de la baja y del meltdown. Vi venir que algo no estaba yendo nada, nada bien. Pero no llegué a tiempo.
Y al final, tras 15 horas de entrevistas, tests, pruebas y demás, más casi 2 horas de entrevistas a alguien de mi entorno, llegó el papelito. Bueno, no es un papelito: es un informe de casi 20 páginas en las que la neuropsicóloga que me atendió durante el proceso detalla, con muchísimo mimo, mi condición y mi idiosincrasia. Y resulta que no me lo estaba inventando: soy autista. Poca sorpresa, la verdad. Pero también resulta que, a pesar de sentirme bastante tonta buena parte del tiempo, tengo altas capacidades. Bastante altas. Lo que me ha permitido estudiar el comportamiento, aprender fórmulas, investigar lo que se esperaba de mí, deducir rápidamente a partir de gestos, señales, comentarios y demás cómo reaccionar ante situaciones nuevas y demás parafernalia. Lo que me ha permitido pasar por una niña peculiar, una adolescente rara e histriónica y una mujer particular, sin más. Lo que ha hecho que nadie sienta que tiene que hacer un mínimo esfuerzo para conmigo y que soy yo la que tiene que salvar el vacío de mi peculiaridad, rareza, histrionismo o particularidad. Pues qué bien.
Así que nada. Ya puedo ser especial, ya tengo el papelito. Supongo que pronto empezaré a darle en el hocico a todos los que dejaron caer que lo que quería era casito y sentirme especial con el informe de casi 20 páginas enrollado.
A ver qué pasa.
Yo tuve un diagnóstico oficial de autismo pero solo fue un certificado de una hoja (que también hablaba de disfunción familiar) por un siquiatra bastante malo en retrospectiva. No cambió nada, no recibí apoyo extra por eso.
Si me hubiese llegado de muy chique no lo querría compartir por capacitismo y porque me cargaba ir al sicologo (lo pasaba mal en las sesiones). Tampoco creo que me hubiese llegado apoyo de accesibilidad. Así que no lo voy contando a menos que aporte a la conversación o me lo pregunten directamente (que lo han hecho XD)
Hola compañera.
Así es el mundo, tal y como lo describes.
Mi hijo es autista, con altas capacidades, 'con papelito'.
Mi mujer también, más o menos lo mismo, pero a ella ni nombrárselo.
Yo no se lo que soy. Creo que algo extrovertido. Intentando mantener la cordura de la familia y el buen hacer entre ellos.
Por lo demás, mucho ánimo, que de eso no se muere. Sólo depende de cómo te lo tomes, como la mayoría de las cosas en la vida.
Pero sobre todo, ve mandando a la mierda, (mentalmente, se entiende) a más de uno. Así consigues tu paz mental.
Ánimo y un abrazo, que siempre viene bien.