El otro día bromeaba en mastodon con mi dismorfia corporal y decía que había encontrado el secreto para no encontrarme a la cosa del pantano cuando me miraba a un espejo: hacerlo sin gafas. Y bueno, es broma pero no es broma. No estoy tan cegata, cuando me quito las gafas me veo, pero no me veo deformada, no me veo gigante, no me veo atroz. Un usuario vio que no todo era broma en mi broma y añadió otro secreto: mirarse en superficies que no fuesen espejos. Y es verdad: por ejemplo en un escaparate o en estos vidrios semitintados que ocultan parcialmente el interior de una tienda o establecimiento. Ahí también me veo de forma más ajustada a lo que debo ser en realidad. Es curioso, ¿verdad?
Pero no venía yo a hablar de eso. Venía a decir que alguien me siguió la broma y me sugirió que el siguiente paso sería mirarme en braille. Y yo, que no sé tomarme las cosas a broma en realidad, le dije que mejor me iría: mi piel es suavísima. Nos reímos, todo bien. Pero me quedé pensando en la idea de mirarse en braille. ¿Por qué no? Si mis ojos han demostrado ser tan pobres testigos de mí misma, ¿por qué no confiar en mis manos? Así que, aprovechando el tiempo libre del que aún dispongo, me puse a ello.
Empecé por el principio: los pies que me sostienen. Son grandes y, debido a que mis cuidados con ellos no son del todo consistentes (tal vez si pasase menos tiempo mirándome y denostándome...) tienen partes que son algo más asperas que otras. Pero, en general, encuentro en ellos una mezcla muy satisfactoria de suavidad y fuerza. No puede ser menos, si tienen que mantenerme en pie a mí, con lo predispuesta que estoy a los abismos...
En las piernas me demoré un buen rato. Mis piernas son rotundas, grandes. Su apariencia es de dos columnas fofas pero cuando una las acaricia... la cosa cambia. Sí, lo primero que se nota es la suavidad de la piel en todos los rincones y, si una se pone atrevida, la deliciosa sensibilidad en las partes donde la piel es más fina y está menos expuesta: las corvas, las ingles, la cara interior de los muslos. Al t acto, mis piernas parecen maravillosas. Mis dedos no detectan las arañas vasculares, las estrías ni las cicatrices. Ni siquiera alguno de esos vellos sueltos que mis ojos, a pesar de su miopía, ven siempre. Así, tumbadas sobre la cama, mis piernas son sobre todo tiernas, pero cuando hago el ejercicio de flexionarlas y apretar noto unos gemelos poderosos. Así que me levanto y me pongo de puntillas para sentir cómo mis músculos se tensan y luego hago el movimiento contrario y hago una sentadilla sostenida. Noto como mis muslos se tensan, fuertes, muy fuertes bajo la capa de grasa. Recuerdo cómo se sienten cuando empiezo a levantar la barra bien llena de discos, cómo consiguen despegar 92 kilos y medio del suelo. Sonrío y la euforia me invade. Así que me tumbo en el suelo y hago un puente de glúteos. Sí, siento la fuerza, la tensión. Sostengo el puente sobre una pierna. Luego sobre la otra. Sonrío. Me tiendo completamente en el suelo con los brazos extendidos, manteniendo la sonrisa. Qué suerte de cuerpo. Qué maravilla es examinarlo al tacto.
Reanudo el examen, no quiero parar por nada del mundo. Vuelvo a elevar el culo del suelo y planto mis manos sobre él. De nuevo, esa combinación de ternura y dureza, empiezo a pensar que eso es lo que me define. Relajo un poco y vuelvo a tensar, y siento cómo mis gúteos se elevan en un respingo. Me hace mucha gracia, así que lo repito muchas veces hasta que empiezo a cansarme y me dejo caer con un suspiro sobre el suelo de nuevo.
Extiendo las piernas y pongo las manos sobre mi vientre. Aquí la blandura es mayor, pero también vuelve esa suavidad extrema, quizá aún más que en las piernas. Acaricio la piel de mi estómago, bajo hasta el pubis, rodeo el ombligo con el dedo índice, trazo surcos con las cuatro yemas de mis dedos desde el ombligo al exterior y me detengo en las curvas de mi cintura. Cómo me encanta esa curva... Qué suave es, qué deliciosamente cóncava. Me deslizo hasta desenvocar en el opuesto que son mis caderas, contundentes y carnosas. Las aprieto fuerte y se me escapa un suspiro bastante intenso. El cuerpo tiene memoria y se ve que la del mío es muy buena.
Decido continuar el viaje: cruzo mis brazos y acaricio cada uno con la mano del contrario, muy lentamente, hasta llegar a los lados del cuello. Me gusta, así que lo repito varias veces hasta que, casi con voluntad propia, mis palmas bajan por mi escote hasta mis pechos. Primero recorro su contorno con las yemas de los dedos, muy suavemente, y ellos reaccionan también tensándose, y después los cojo con ambas manos y noto lo amables que son, lo agradable que debe ser reposar en un pecho como el mío. Un suspiro. Eso me recuerda que respiro, así que pongo mis manos justo bajo las costillas y respiro hondo varias veces. A estas alturas del ejercicio la sonrisa ya no se me va.
Decido empezar por ahí: mis mejillas, llenas y elevadas por la sonrisa. Mis labios, carnosos y suaves, aunque no demasiado, lo suficiente para ser muy agradables al tacto. Me beso las yemas de los dedos y me río al pensar que alguien me viese en estas. Pero no hay nadie, estoy sola conmigo misma, qué suerte. Subo hacia mi nariz y la recorro con un dedo en perpendicular, trazando su perfil. Es una buena nariz, está recta, no es demasiado prominente, tampoco irrelevante. Me gusta. Acaricio con las yemas de los dedos las puntas de mis pestañas. También ganan al tacto: son largas y abundantes, pero claras, por lo que a simple vista no luzcan tanto como cuando una las acaricia. La piel de mis párpados también es de una suavidad inusitada. Me deslizo hacia mis orejas y recorro con el dedo índice sus recovecos. Sigo subiendo y poso ambas manos sobre mi frente. Masajeo suavemente las sienes con los pulgares. Me siento fenomenal.
Finalmente me suelto el pelo y lo acaricio. Hoy he estado en la piscina, así que en lugar de estar rizado, al haberlo cepillado y recogido tiene una parte lisa que está muy, muy suave. Está larguísimo. Pienso que, tal vez, debería pensar en cortarlo. Pero me detengo en su suavidad. Cojo un mechón y me paso las puntas por las mejillas y la nariz. Sigo sonriendo. Así que decido que, como sigo teniendo tiempo, ¿por qué no seguir mirándome en braille un rato más y de manera un poco menos sistemática?
(Sonrisa pícara de la protagonista, fundido a negro)
Diría que el ejercicio ha sido todo un éxito: siguiente paso, aprender a bailar en braille. Y tú, ¿te animas a probar a mirarte en braille?