Este post contiene spoilers de la novela Hamnet, aunque sean como mera excusa para iniciar el razonamiento, así que si no la has leído y no te gusta que te destripen detalles, deberías parar de leer aquí.
Ayer acabé de leer Hamnet, la novela de Maggie O'Farrell. Hacia el final de la novela hay dos grandes gestos. El primero, cuando un Shakespeare ausente le desvela a su mujer, con la que no convive, que tiene mucho dinero y que le va a comprar una casa para que viva lejos de su familia política. Y le compra un casoplón. El segundo, cuando escribe y representa Hamlet, un homenaje a su hijo muerto prematuramente, en la cual él "se cambia" por el hijo para permitirle "vivir". Oh, qué hermosura, qué sublime.
La cosa es que yo no puedo dejar de ver que la casa es un gran gesto para apaciguar a Agnes, su mujer, por haber tenido diversas amantes en Londres y por la ausencia prolongada en exceso y las escasas visitas. Y la obra, un gran gesto para apaciguar su conciencia, para sentir que ha hecho algo, ya que ni estuvo acompañando a su hijo en su muerte ni estuvo acompañando a su familia en el duelo. Se fue, a seguir viviendo su sueño, su vida de dramaturgo, mientras el luto envolvía a la familia entera (a su mujer y a sus hijas sobre todo) y Agnes apenas es capaz de salir de una depresión que por poco acaba con ella.
Por cosas he aprendido a desconfiar de los grandes gestos. Hay veces que no son más que detalles bienintencionados, fuegos artificiales que acompañan un cariño constante, un esfuerzo sostenido, una presencia estable. Y no tengo nada contra eso, a muchos nos gustan los fuegos artificiales1. Sin embargo, la mayor parte de las veces son remedos de excusas vacíos, mera espectacularidad. Y así los fuegos artificiales no compensan, porque no cuidan, no quieren y no sostienen, por mucho que impresionen.
Lo terrible es que esa impresión nos obnubila y nos fascina, con frecuencia hasta el punto de hacernos olvidar lo demás, lo que nos falta. Pero luego, cuando el sonido desaparece, y los brillos, y ese encantamiento, nos quedamos otra vez solas, otra vez en la carencia.
Hay que tener especial cuidado con la pirotecnia y los pirotécnicos, porque los hay que saben manejar muy bien los tiempos y las explosiones, ubicándolos estratégicamente para desviar nuestra atención de las razones y envolviéndonos en las excusas. Debemos recordar que cualquier gran gesto, por enorme que sea, es más fácil que estar. Siempre. E intentar sustituir lo último con lo primero es un acto miserable.
No he podido dejar de ver en la parte final de Hamnet la obra de un experimentado pirotécnico. Y me enfada, me enfada soberanamente, que Agnes, tan salvaje, tan sabia, tan fiera, tan clarividente, se haya dejado engañar por los colores y los destellos. Si a ella cae, ¿cómo íbamos a escaparnos el resto?
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al menos como metáfora. ↩
Buah, me quedo con la cita. No puedes tener más razón. Y más en la era de IG, donde todo se llena de gestos "instagrameables". Pienso a menudo en los bombardeos de "couple goals", y en lo que hacen sufrir a veces a las parejas que se cuidan y se sostienen pero a veces quedan fugazmente deslumbrados por esos fuegos artificiales.
Pues nada, me alegra que te sirva la cita :)