Jodida, pero no sorprendida

La culpa de ser pobre

He sido pobre. No lo digo con orgullo, realmente, ya que me habría gustado no serlo, pero lo digo porque es un hecho y porque, a pesar de ya no estar ahí, no se me olvida. Las lecciones de la pobreza no se te borran y el terror de volver a caer en el agujero solo empieza a atenuarse muchas y muchas nóminas después.

Por eso digo, simplificando pero con todo el sentimiento, que ser pobre es una mierda porque ser feliz no te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. Ni siquiera anestesiarte te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. O el escapismo. Solo puedes ser feliz sin gastar nada, en base a trucos psicológicos que permitan a los que son más afortunados esbozar una sonrisa contrita y beatífica y decir «¡Ay, son felices con tan poco!». Eso sí, no renuncian a la calefacción, ni a la cerveza de después del trabajo, ni al apartamento de la playa para ser felices con poco. Por lo que sea.

Y es una mierda. Porque te hacen sentir culpable por todo, porque la pobreza es una responsabilidad individual (mejor eso que sentirse cómplice del sistema que la permite y la fomenta). Y una se lo cree, claro.

Recuerdo una anecdota, que es la razón de que este post (o más bien, la idea del mismo) lleve semanas en borradores. Debía de tener yo 22 años o así y estaría acabando la carrera. Aquel año tocó beca pequeña, así que eso suponía tener que vivir durante 10 meses en una capital bastante cara con 3000 euros más lo que sacase trabajando aquí y allá (mayormente dando clases particulares). Vivía en un piso que era la antigua casa del portero y daba vergüenza: mal aislado (te asabas en verano y te congelabas en invierno), húmedo y frío hasta el punto de que la condensación hacía que chorrease agua por la pared del cabecero del dormitorio, que daba al norte. No exagero: si hubiese habido un salto, habría tenido cataratas. Comía lo que podía pero ya sabes, lo típico: mucho arroz, mucha pasta, mucha carne procesada de bajo precio y calidad... Mi ocio era escaso, más allá del que se pueda hacer sin pagar (poco) y mi socialización inexistente (lo cual venía muy bien a mi pareja de entonces para tenerme bien anuladita, claro, porque las desgracias nunca vienen solas y, de entre ellas, la pobreza menos).

Pues bien: se acercaba una fecha especial. Nada relevante, un aniversario. Yo me veía horrible y me sentía horrible, estaba deprimidísima y muerta de pena, mi espíritu totalmente en los huesos, sin ganas de nada. Pero una chispa de algo saltó en mí e hice un dispendio totalmente absurdo e irresponsable: me compré una sombra de ojos. Una en concreto que había estado viendo y de la que estaba absurdamente encaprichada. Era llamativa y cara (17.50 euros me costó, aún me acuerdo), pero me convencí: durará mucho, seguro que la uso un montón, ese dinero no me va a sacar de pobre, me merezco un regalo, etcétera etcétera. Así que la compré.

Cuando llegó el día me puse la ropa con la que me veía mejor (tela marinera, amigas...), me peiné lo mejor que supe (buf, buf) y me maquillé con mi maquillaje baratísimo y mi sombra nueva. Quedé bien contenta al ver los tornasoles de aquella sombra, satisfecha, me sentí bien (algo que hacía tiempo que no me pasaba). Así me fui a la calle, a recoger a mi entonces pareja de su trabajo mal pagado para tomar un helado (esa era toda la celebración que íbamos a permitirnos).

Fui andando, claro: los bonobuses debían ser utilizados con responsabilidad. Y ya cuando estaba casi llegando me crucé con un captador de ONG que me abordó y del que intenté zafarme diciendo que no podía colaborar, gracias. Eran insistentes, generalmente, pero no solían ser maleducados. Pero ese día tuve suerte de la mala porque el chaval, más o menos de mi edad, probablemente no mucho menos pobre que yo, me espetó:

-¿No puedes? Una familia podría comer una semana con lo que cuesta la sombra de ojos que llevas.

Me quedé congelada. Evidentemente, él no podía saber cuánto había costado la sombra. Podría ser tan barata como mi máscara de pestañas o mi colorete. Sé que disparó a lo que más llamaba la atención. Aun así, aunque ahora pienso que tendría que haberle montado un esto va a ser violento pero no por lo que tú pensabas y hablarle de mi piso/aquapark, de mi dieta, de cómo en invierno parecía el muñeco de Michelín con tantas capas como llevaba para no encender el calefactor, y gritarle a la cara que podría meterse su pasivoagresividad y su falsa preocupación por el puto culo y donar su salario a la ONG para la que trabajaba, lo que hice fue acelerar el paso, echarme a llorar y convertir esa pequeña celebración en un festival de la culpa porque cómo se me ocurría intentar invertir, gastar un puñetero céntimo, en un momento de alegría.

Por lo que sea esto, igual que lo que es ser pobre, aún no se me olvida. Puede que porque la aporofobia y el clasismo no se pasan ni se curan: hace unos días oía a alguien defendiendo el derecho a vivir en nuestras ciudades, a que los pisos sean para habitarlos y no para rentabilizarlos y especular con ellos en usos turísticos. Me parece una reivindicación importante. Pero justo cuando iba a apagar la televisión la persona que se quejaba dijo que había que luchar contra el turismo de ensalada del mercadona. Ah. De nuevo eso. El problema no son los especuladores, no: son los pobres que no pueden permitirse irse a un hotel a estar a pan y manteles pero osan a salir de casa y a visitar otra ciudad.

En fin.

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