Me encantan los museos: deambular tranquilamente con la carne abierta, esperando a ver qué decide darte una guantá de belleza de esas que te dejan temblando. Bueno, de belleza o de lo que sea. Yo solía ir por la vida dispuesta a dejarme emocionar, en todos los sentidos, a dejarme conmover, pero últimamente como esa capacidad la tengo un poco mermada (puede que porque me resulte demasiado peligroso). No obstante los museos suelen ser un espacio seguro para hacerlo. Así que eso: me encanta.
No obstante, en los últimos tiempos mis experiencias museísticas han dejado bastante que desear porque han sido en museos mainstream donde hay obras virales, lo que impide que una pueda deambular tranquila debido a la masificación del espacio y a la aglomeración alrededor de ciertas obras fotografiables1. Pero, de alguna manera, la necesidad de alejarme de los focos de «atención», por decir algo, a veces nos permiten también tener esa experiencia.
Me pasó hace poco en el Museo de Orsay. Mientras la multitud se aglomeraba alrededor de la «Noche estrellada» de Van Gogh (no la del MoMa, que es la viral-viral, sino la otra) o del autorretrato de Van Gogh (uno de ellos, este sí bastante famoso), yo tenía un flechazo con «Las bañistas» de Renoir.
Allí estaban ellas, hermosísimas, descansando sobre la hierba y las flores. Sobre todo ella, con la cara soñadora apoyada en la mano, mirando al vacío, las mejillas sonrojadas por el sol. No puedo describir el impacto que causó la visión del cuadro en mí, espero que baste decir que me emocioné hasta las lágrimas. Mientras miraba el cuadro sonriendo y con los ojos encharcados, mientras la miraba a ella completamente enamorada, un pensamiento cruzó mi mente: «Podrías ser tú». Y sí, podría ser yo. Ese cuerpo es muy parecido al mío. Y en admirar ese cuadro con tal arrobo estaba admitiendo que tal vez en mi cuerpo, bajo la mirada adecuada (que no es, desde luego, la mía, parece ser) también hay belleza.
No son las primeras bañistas que Renoir pintó. Antes que este cuadro pintó otro, titulado «Las grandes bañistas» en el que los cuerpos, sin responder al ideal actual de belleza, son mucho más esbeltos, menos relajados, más pulidos. Por alguna razón, en los últimos momentos de su vida Renoir decidió pintar otras bañistas y pintarlas así, recreándose en la paz, en la felicidad, en el goce. Me resulta conmovedor y sanador.
Desde luego que, muy a pesar de Kant, prevalece la antinomia del gusto2: por todas partes se nos intentan imponer cánones estéticos (qué es lo elegante, qué es lo armónico, qué es lo bello) pero no dejamos de encontrar pruebas de que, en buena medida, la belleza está en la mirada y, como ocurre con Las bañistas, en la capacidad de proyectar y compartir la propia mirada. El problema, claro, es que nuestra mirada está llena de filtros de los que podemos ser conscientes a duras penas, imagina lo complicado que puede ser desprenderse de ellos. A veces la belleza está ahí, sin más, es el filtro Clarendon el que nos está impidiendo verla.
Ayer mismo hablaba de lo difícil que es verse a una misma con mi amiga Mariache. Nos referíamos a lo enfermizamente exigentes que somos con nosotras mismas, no especialmente en el caso estético, pero esto me llevó a tiene que ser más fácil de mi adorada Valeria Castro que sí habla principalmente del cuerpo, aunque creo que puede extrapolarse a esos otros ámbitos de autoexigencia. Conocía la canción, pero no había visto el videoclip (te animo a que lo hagas), que no hace más que potenciar el mensaje: la belleza de todas, diferentes como son entre sí3 y, a pesar de todo, la inseguridad y la sensación de estar constantemente a prueba, teniendo que demostrar algo. Al final del vídeo, el disfrute, el baile para una misma, el movimiento libre y despreocupado, el cuerpo como vehículo de goce y no como objeto de dolor, como sujeto a examen y disciplinamiento constante. Qué fantasía llegar ahí.
Tiene que ser más fácil el quererse,
no puede el cuerpo ser tan cruel al verse...
A veces me descubro en cierta disonancia porque ya he pasado, al menos conceptualmente, del todos los cuerpos son bellos al los cuerpos no le deben belleza a nadie: la exigencia estética sobre los cuerpos es agotadora, exagerada y alienante. Un cuerpo no tiene por qué ser hermoso, no está aquí para eso. Es un plus no demasiado relevante. Un cuerpo puede mantenerte con vida, permitirte tener orgasmos, bailar, acariciar y ser acariciada, escuchar música, ver el paisaje, saborear platos deliciosos y demás sin necesidad de ser hermoso. Peeeeeero... nos gustaría ser hermosas. A mí, al menos, me da paz intuirme hermosa a veces, como en esta ocasión. Creo que se trata de una aspiración difícil de extirpar. Así que, al menos, en los extremos de la antinomia del gusto, yo voy a empezar a intentar decantarme más por la subjetividad de las miradas que por la supuesta objetividad de los cánones, a confiar más en la amabilidad de quien mira al mundo dispuesto a encontrarle la hermosura y dar menos importancia a aquellos que quieren que el mundo encaje en el esquema que ellos han diseñado para darle el visto bueno.
Y me propongo intentar tener presentes, mucho, Las bañistas de Renoir.
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A mí alguien va a tener que explicarme con esquemas y marionetas cuál es el sentido de abarullarse delante de un cuadro para llegar, hacerle una foto (o foto + selfie) y pirarte sin mirarlo. ↩
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Por si el enlace de la Enciclopedia Herder no te lo deja claro, la antinomia del gusto se refiere a esa doble vertiente que parece tener la belleza. Por un lado, nos resistimos a creer que sea absolutamente objetiva porque entendemos que hay distintos gustos o sensibilidades y que ni siquiera las cosas que son casi universalmente aceptadas como bellas conmueven estéticamente a todo el mundo. Por el otro, nos negamos a creer que sea plenamente subjetiva y que todo valga: cuando decimos que algo es bello estamos diciendo algo distinto a que algo nos guste, ya que incluimos en esa afirmación un componente de universalidad (me gusta/me parece bello a mí, pero debería parecérselo a cualquiera). Esto puede relacionarse también con al cuestión de dónde reside la belleza: si es objetiva, es una cualidad del objeto, mientras que si es subjetiva es una cualidad del sujeto que la experimenta. ↩
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Me falta algún cuerpo disca (que también pueden bailar) y algún cuerpo gordo (que desde luego que podemos bailar), pero eso ya es ponerse tiquismiquis tal vez. ↩
Yo no me dedico a el mundo del arte ni escribo bien pero bueno, creo que soy una persona sensible y aveces he pensado sobre ese tema. Yo también me miro a mi mismo y a los demás bajo los cánones de belleza establecidos pero hay algo más profundo que me habla de la belleza que todos disfrutan ya simplemente por ser parte del momento presente, de la existencia que no admite falsas perspectivas. En mi opinión los cánones de belleza están impuestos por el capitalismo y sus marcas y las personas somos sus víctimas porque el ser humano es un ser social que necesita ser aceptado por los demás y por si mismo. Si me veo bien me querré a mí mismo y los demás también lo harán. Deshacerse de eso es casi imposible pero quizás hay una mirada profunda, más allá de los conceptos y las categorías, que ve la belleza en todas las cosas y todas las personas independientemente de sus cuerpos.
Pues seguiré intentando encontrar esa mirada más profunda, a ver si hay suerte ❤️