Jodida, pero no sorprendida

Hoy me ha lavado el pelo

Tengo el pelo rizado. Lo mismo esto dicho así no te da mucha información, pero el pelo rizado es: delicao. De lavar, de "arreglar", de mantener "arreglao"... Durante mucho tiempo yo me he apañado sola con él incluso para cortarlo: imagina los desastres que me habrán hecho que prefería cortarlo yo, que no tengo ni pajolera idea de cortar pelo.

Y no obstante, fantaseo (y soy consciente de que no soy la única) con que me lavan el pelo. Esta conversación ha surgido en mastodon varias veces, y varias mastodontas hemos entrado al trapo como locas. Buah, que te laven el pelo. Buah.

Hace mucho tiempo mi pareja me dijo que querría lavarme el pelo. Yo le dije que en algún momento. Desde ese momento han pasado semanas, meses y más un año seguro. Puede que hasta dos. Pero el día ha llegado hoy, que se ve que tenía yo ganas de emociones fuertes: si iba mal me iba a arruinar una expectativa; si iba bien, ay, si iba bien.

Y ha ido bien. No sé por qué me sigue sorprendiendo, pero me sorprende. Supongo que por falta de hábito de que los señores hagan ciertas cosas bien-bien. Qué dulzura, qué cuidado, qué agradable. ¿Y sabéis qué es lo mejor? La atención, amigas. En sus gestos he adivinado que me ha estado mirando todo este tiempo, que se ha estado fijando de verdad para hacerlo bien cuando le llegara el turno. Porque sabía que iba a llegarle el turno: este señor tiene línea directa con la fuente de la esperanza.

"¿Lo he hecho bien?", me ha preguntado luego. Y yo le he dicho que sí, por no exagerar. Por no decirle que hoy hemos descendido varios metros al pozo de la intimidad. Por no decirle que hoy estoy un poco más tranquila: cuando en alguna de mis torpezas caiga rodando por unas escaleras (probablemente en el trabajo y delante de decenas de alumnos) y me rompa un brazo, no tendré por qué llevar el pelo asqueroso. Por no decirle que no creía que existiesen personas como él. Por no decirle que no soñaba yo con que, en el caso de existir, fuese a tocarme a mí la lotería. Por no decir tantas cosas le he sonreído y le he dicho que sí, que muy bien. Que otro día tiene que probar a definirme los rizos, a ver qué pasa. Cuando ha dicho "vale", decidido, casi me derrito. Porque creo que lo dice de verdad. Porque está consiguiendo hacerme creer que respiraría por mí si hiciera falta. Y esas ideas, en mi experiencia, son una alucinación preludio de una catástrofe.

Pero aceptemos los dones de hoy: hoy mi prometido me ha lavado el pelo y sigue habiendo boda por delante. ¡Albricias!

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