Jodida, pero no sorprendida

Flor del mal.

Hay dos cambios que hacen que me tiemblen los cimientos: cuando alguien dice tu nombre de manera distinta a como solía (para bien y para mal) y cuando alguien deja de mirarte como solía (para bien y para mal). Hoy quiero hablar de lo segundo.

¿Has leído El collar de la paloma de Ibn Hazm de Córdoba? Es un libro maravilloso. En él el autor escribe una larga carta en la que pone por escrito todo lo que sabe sobre el amor. En uno de los primeros capítulos habla de las señales del amor, es decir, de cómo saber cuándo alguien está enamorado. Una de las señales es la mirada: los ojos del amante siguen al amado como un imán. De hecho, esa metáfora misma utiliza, porque acompaña sus reflexiones con versos propios. Como estos:

Mis ojos no se paran sino donde estás tú.

Debes tener las propiedades que dicen del imán.

Los llevo adonde tú vas y conforme te mueves,

como en gramática el atributo sigue al nombre.

Es bonito, ¿verdad? Y además cierto. Me encanta ver en mis adolescentes cómo se miran cuando empiezan a gustarse. Y me gusta cómo me miran cuando me aman. No soy muy buena dándome cuenta de estas cosas cuando concierne a mí misma: alguien puede mirarme con todo el amor o el deseo del mundo y probablemente no me dé cuenta. Eso sí: me doy perfecta cuenta de cuando alguien deja de mirarme así. Otra cosa es que haya jugado a hacerme la tonta. Eso también se me da bien.

Pero, por algún motivo que no consigo precisar, tolero con más gracia dejar de encontrar amor en la mirada de alguien que dejar de encontrar deseo. Probablemente sea mera vanidad. O tal vez entienda que el amor es mucho más complejo que el deseo. O quizá una mezcla de ambas.

Hace algo de tiempo me habría torturado mi superficialidad: he aquí a una casi cuarentona lamentándose porque alguien ha dejado de encontrarla deseable, que llamen a la buambulancia. Pero ahora ya no. Puede que sea un duelo estúpido, pero es mi duelo. Hace poco creí ver en la mirada de alguien ese cambio. Y no en alguien cualquiera: la primera persona que me consideró real y honestamente amable (digna de ser amada) y deseable, que me deseó (y tal vez me amó) cuando ya no debía, que no se olvidó de mí a pesar de que pasaron años y años sin saber de mí y que, cuando volvimos a encontrarnos, me demostró que todavía me deseaba tanto como cuando éramos adolescentes. Una habría querido que ese deseo envejeciese con nosotros, que a pesar de todo, de la distancia y las dificultades, tal vez de lo poco apropiado del sentimiento, que siguiese ahí, indómito e irreductible. Una es egoísta a veces, qué le voy a hacer. Eso no cambia que, desde que él ya no me desea, y a pesar de que haya quien sí lo hace (y mucho, y bien) me sienta bastante menos hermosa y dé por finalmente transmutada una historia de amor y hambre de 20 años de duración en amistad. Que, no me malinterpretes, es maravilloso, casi un milagro. Pero, como cualquier cambio o pérdida, conlleva un duelo y, como ya he dicho, puede ser superficial o estúpido, pero es mi duelo.

El título de este post me ha venido no sé muy bien por qué. Pero me parece que pega. Sale de esta canción: Flor del Mal - María Rodés. Espero que la disfrutes, a mí me encanta.

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