Jodida, pero no sorprendida

El faro de Cabo de Palos

Haber vivido con personas, y no meramente entre ellas, supone ir por la vida cargada de huellas y marcas, de restos de su presencia cuando se marchan. Quique González siempre será cosa de D., igual que Terry Pratchett. Sandman, por más mío que lo haya hecho, siempre tendrá restos de C. Zoo o La Fúmiga me llevarán siempre a A. Podría seguir con facilidad, mucho, mucho rato.

Esto ocurre también con los lugares, siento que de una manera especial. ¿No os resulta raro volver con un nuevo amor al lugar que visitasteis con otro? Como si algo estuviese fuera de lugar o como cuando un actor o actriz aparece en la misma serie interpretando a otro personaje. Es extraño. Por supuesto, la intensidad también varía: puede ocurrir que haya lugares en los que este efecto no se da en absoluto y otros que una no se siente con fuerzas de volver a visitar. Hoy me he sorprendido viéndome en una de estas. En el último caso, concretamente.

Hoy vi a alguien triste en Mastodon. Se quejaba de que la gente no le visita y yo, medio en broma medio en serio, iba a decirle que me iba a obligar a que, en alguna de las visitas al pueblo, me escapase a Murcia, le secuestrase y le llevase a ver el mundo desaparecer en el faro de Cabo de Palos. Pero no lo he escrito porque me he quedado paralizada: no podría volver a ese lugar, no quiero hacerlo. Está demasiado impregnado de la presencia de otra persona y de su recuerdo.

Y no es por algo negativo, no te asustes. Es cierto que la persona acabó siendo un cucaracho pero no ha sido siquiera de los peores que me he cruzado. Ni en el top 10 está. Es por todo lo contrario. Llegué al faro de Cabo de Palos en el coche de un señor que conocía desde hacía menos de un mes, sin saber a dónde me llevaba, muerta de expectación y con dolor en las mejillas de tanto sonreír durante un día que había empezado mojando los pies en diciembre en el Mediterráneo. Qué día. Y yo entonces no sabía que lo mejor estaba por llegar.

Cuando vi aparecer el faro no lo podía creer. Mi primer faro. Estaba atardeciendo y en el rato que estuvimos allí, hablando de un futuro que ya entonces sabía que no iba a ser (aunque por razones distintas a las que acabó no siendo), diciendo cursiladas como dos adolescentes intensos, vimos la oscuridad cernirse sobre el mundo, el mar tornarse del color del cielo nocturno (cómo me gusta ese efecto) y, de repente, sentir que no había nada más, que allí se acababa el mundo. Quedarnos en silencio viendo como la luz del faro apuntaba a la aparente nada. Si pudiese hacer una composición con polaroids de momentos estelares de mi vida, ese sería uno sin dudarlo. Uno de los primeros, además.

No creo que vuelva en breve (ni tampoco a medio plazo) a Cabo de Palos. Puede que no lo haga nunca. Pero probablemente, aun así, en todos los faros del mundo encuentre la huella de esa persona que pasó por mi vida breve pero intensamente y dejó una marca indeleble. Conservar esa huella en mi recuerdo sin amargura, querer salvarla del olvido, la podredumbre y el cinismo, es un favor que nos hago: a mí, porque me merezco cosas bonitas; a él, porque mantengo vivo el testimonio de un amor que, estoy segura, fue irrepetible para ambos. Aunque él haya decidido no querer saberlo. Él se lo pierde.


Lo siento, persona de mastodon que puede que sí o puede que no haya pillado la referencia. No te puedo raptar y llevarte al faro de Cabo de Palos. Pero puedo fingir que no sé cómo se comen los paparajotes y probarlos por primera vez contigo, por ejemplo.

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