No se lo habría dicho a nadie, ni siquiera aunque le hubieran preguntado: no quería preocupar a nadie. Por suerte o por desgracia, quién sabe, nadie le preguntaba. La cosa es que un miedo preocupantemente tangible le había calado los huesos y le asaltaba de forma recurrente: iba a acabar su vida solo. Con suerte eso no pasaría pronto: sus padres gozaban de buena salud, al igual que sus hermanas, pero un día, si tenía suerte (de la buena o de la mala, a saber) se vería solo en el mundo.
Había abandonado toda esperanza de que fuera de otra manera. Por eso, cuando eligió las lámparas para su nuevo dormitorio, el del piso que había comprado y que creía demasiado grande para él (al fin y al cabo iba a vivir en él siempre solo), compró la lámpara de techo y una lamparita para la mesilla de noche. Solo una. Nadie, ni siquiera su madre, que tenía opiniones firmes sobre casi todo, dijo nada. Tal vez ellos también tenían perdida la esperanza.
Fue extrañísima la sensación que le embargó cuando la vio tumbada en el lado izquierdo de su cama, cegateando para poder leer. Claro: no había lamparita para ella. Se sintió estúpido, descuidado, un mal anfitrión. ¡A ella le encantaba leer en la cama! Tartamudeando le ofreció su lámpara, pero ella se negó. Veía bien con la claridad que le llegaba desde la lamparita del lado derecho, la única que había en la habitación. Él sabía que no podía ser cierto, así que se sintió aún peor. Pero, al mismo tiempo, de alguna retorcida forma, estaba encantado de estar teniendo ese problema.
Lo mismo ocurrió cada una de las tres veces que se plantó en la zona de iluminación de aquella enorme tienda de bricolaje, esa sensación extraña (ella llegó trayendo todo tipo de sensaciones extrañas): indecisión, frustración, algo de enfado, pero ese calorcito en el fondo del pecho que le decía "bueno chico, todos los problemas fueran como este". A la tercera asumió que no iba a encontrar una lámpara como la que tenía, ni siquiera remotamente parecida. Y ella merecía su propia luz para leer, una especie de retribución por toda la luz que había traído a su vida. Así que cogió un pie blanco, básico, y una pantalla blanca, básica, y se los llevó.
Cuando llegó a casa se dio cuenta de que las lámparas hacían una pareja ridícula. Evidentemente, alguien había intentado buscar parecido, pero de una manera muy torpe: ambas eran blancas, pie y pantalla, pero una era mucho más alta que la otra, la pantalla de una era cilíndrica mientras que la de la otra era cónica, una tenía un relieve calado mientras que la otra no. Y, evidentemente, una iba emparejada con la lámpara de techo y la otra en absoluto.
Podría pensarse que la operación había sido un fracaso y, en cualquier otro momento, tan apegado como era al orden y la simetría, lo habría pensado. Pero sonrió ante el pequeño desastre y pensó que estaba bien que, si algo tenía que estar desparejado en su vida, ese algo fuesen ahora las lámparas del dormitorio.