En los últimos tiempos estoy leyendo Calibán y la bruja de Silvia Federici. No paro de repetirlo y alguien podría pensar que lo hago para darme pisto, para ganar puntos de intelectual o algo así. Nada más lejos de la realidad: lo hago porque me está volando la cabeza. No puedo evitar citarlo porque ahora veo eso de lo que Federici habla en su libro por todas partes.
Por ejemplo, está la cosa de las mujeres que no han sido inventadas sino hasta recientemente, como decía Úrsula K. Le Guin. Leyendo Calibán y la bruja una se nutre de una serie de argumentos contra esa idea tan extendida. Las mujeres han hecho política SIEMPRE, porque no hacerla, ser efectivamente apolítico (esto es, no ser un derechista tibio, sino apolítico de veras) es algo que solo pueden permitirse los absurdamente privilegiados.
Últimamente me he cruzado con unos cuantos señores hablando de hacer política. Artículos de prensa sobre fantasía y ciencia ficción. Señores antologando a poetas jóvenes. El parroquiano de turno hablando de que ya no se hace política de verdad, activismo de verdad. Me pregunto si el hecho de que sean señores es una casualidad y la pregunta se vuelve retórica. Acabo por pensar que el problema es lingüístico (me cago en mi puta vida, tanta continentalidad para acabar con-cediendo a los analíticos): lo que se entiende por política. Para ellos, y soy consciente que se trata de un ellos difuso, el hacer política tiene que estar revestido de la cantidad justa de grandiosidad, de racionalidad fría e imperturbable, bien cargado de estrategia, similar a una partida de ajedrez y, por supuesto, orientado a los asuntos verdaderamente importantes que, oh, casualidad, son los que a ellos les parecen importantes. Desde esa atalaya es muy fácil decir que ya no se hace política, que tal o cual colectivo no la ha hecho, que no hay política en tal o cual manifestación literaria o artística.
¿Era política el motín del pan de Córdoba? A mí, indudablemente, me lo parece. Pero es fácil desdeñarlo como una insurrección motivada por las emociones de las mujeres, carente de organización formal, falta de miras más allá del presente (el hambre dificulta mirar demasiado hacia el futuro, cosas que pasan). Y así podemos decir que las mujeres no hacían política. Como si el hecho de estar metida hasta la garganta en la realidad que hay que cambiar hasta el punto de ser movida inevitablemente a la acción fuese una suerte de neutralizador de la política.
Hoy mismo, y cambiando de tema parcialmente, se hablaba de un festival de literatura de género que decía reivindicar la fantasía y ciencia-ficción políticas, desear revitalizarlas, como si estuvieran muertas. Y puede que desde esa atalaya que mencionaba lo parezcan. Bajad, queridos, bajad aquí con nosotras. Hablemos de La última mujer de la Mancha, de Enerio Dima, que habla de olvido del mundo rural. Hablemos de El poder de Naomi Alderman, una especie de Guerra Mundial Z que examina la naturaleza del poder a raíz de la subversión del peso que en él tiene el género. Nah, no es político porque son temas que no les interesan. ¿El género? ¿El olvido de los pueblos? ¿Qué mierda de cruzada política es esa? Pues la nuestra. Ni más ni menos. La de quienes no podemos permitirnos ser apolíticos, pero tampoco tenemos permitido hacer política según vuestras reglas 1.
Y bueno, luego está el señor antologador de poesía. Decía en su prólogo que él solo había seleccionado poesía política. Nada de sentimentalismos. Se permitía decir algo así como que si la camarera te ha llevado a escribir un poema, haznos un favor a todos, tú incluido, y no se lo enseñes a nadie. Me lo llevé a lo personal, claro. Es uno de mis defectos. Me llevó a un poema que escribí hace mucho, mucho tiempo, titulado «No me dejéis sola en el metro» en el que, a partir del flechazo que me provocó una muchacha con un vestido de flores, exalto la dignidad de los que entonces nos llamábamos «los de abajo» y afeo la insensibilidad de los que entonces llamábamos «los de arriba» que, casualmente y al parecer, eran los que hacían la política.
No estoy en ninguna antología de poetas jóvenes, normal y comprensible. Pero ese poema, como muchos de los míos, sería descartado por sensiblero, emocional, ñoño y, por tanto, no político, no social. Es fácil hacerlo desde la arrogancia de los que tienen y han tenido un estrado desde el que hablar. Yo, entonces estudiante, para la que viajar en metro era un lujo, no podía aspirar a hacer otra revolución que no fuera la de lo cercano, aunque entonces aún soñaba. Hoy lo tengo todavía más claro: somos muchas las que mantenemos vivas pequeñas revoluciones cada día, que no surgen de la estrategia ni se pierden en la big picture, sino que nacen del amor, del cuidado, de la necesidad de consolar y ser consoladas, de poner bonito nuestro rincón del mundo, nuestro patio de vecinas. Y si eso no es política, pues qué queréis que os diga: pueden coger su política y metérsela enterita por el culo. Eso sí, tendrán que sacarse la cabeza antes, claro.
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No soy una lectora experimentada de ciencia ficción y fantasía, pero sin serlo he conseguido citar dos obras sin pensar demasiado. No es tan difícil encontrarlas. ↩