Mi amiga Míriam me regaló La novia grulla de CJ Hauser para mi cumpleaños. Fue una cosa así un poco serendípica, porque ella nunca regala libros que no haya leído, pero el librero se lo recomendó muy fuerte y aquí estamos.
No sabía que el libro me iba a dar tanto. Desde el principio, además. Es una especie de conjunto de ensayos autobiográficos sobre el amor, las relaciones, el autoconocimiento, los deseos y planes de futuro, el proyecto de vida, la autoestima... No sé, mil cosas que interseccionan en mil puntos y que creo que muchísimas mujeres de mi generación (la autora también escribió el libro acercándose a los 40) van a entender. Y me atrevo a decir que también muchas de otras generaciones.
El libro me ha tocado tantísimas teclas, tantas... Pero hoy quiero centrarme en una. Hay un momento en el que la autora, tras una ruptura, reflexiona sobre qué hacer con todo el espacio de su casa: la autora cancela su boda y rompe con su pareja, así que él se pira de la casa que habían comprado para formar una familia y ella se queda con una casa enorme y endeudada. Finalmente aprende que no hay una sola forma de llenar una casa de amor (y eso también me encanta, el hueco que da el libro a otros amores de la vida de una: padres, amigas, hijos de amigos o parejas...) y claro, cuando empieza a conocer potenciales parejas otra vez se ve en la disyuntiva de volver a vivir con alguien. Y tremenda disyuntiva.
A decir verdad, eso le pasa en varios momentos del libro. En uno de ellos, cuando deja su casita alquilada de soltera para mudarse con su pareja, la casera le cuenta que no vende esa casa porque cree que su matrimonio y su familia funcionan en buena medida porque ella sabe que tiene esa casa. Que no está atrapada. Que podría irse si quisiera. Y entonces mira a su familia y no quiere.
Creo que las personas que rara vez nos hemos sentido seguras en algún sitio tendemos a necesitar un plan de huida. Por eso yo quise que mi casa fuera mía. Por eso, cuando mi relación de pareja y convivencia se rompió, me esforcé en llenar los huecos y me expandí tanto que ahora no siento que pudiera volver a contraerme. Y tiempo después, cuando, contra todo pronóstico y contra mi voluntad inicial, acabé empezando una relación sentimental, me negué en redondo a renunciar a este espacio en favor de una coexistencia que en otras ocasiones no me ha funcionado.
Tal vez sea otra más de mis taras, pero necesito vivir con una puerta abierta y un plan alternativo. Un ejemplo clarísimo lo tengo en mi trabajo: me lo jugué todo a opositar y ser profesora y, cuando paso por malos momentos en mi profesión, sufro la mitad por el problema o problemas en sí de lo que sufro por sentirme atrapada en ese trabajo y sin capacidad real de salir de él. Necesito lo mismo en todos los sentidos, creo: saber que me quedo porque quiero, que podría irme pero elijo no hacerlo.
Esta mañana, mientras hablaba de esto con mi amiga Mariache entendí el final de Los puentes de Madison County. Más el del libro que el de la peli: Francesca está atrapada en un país que no es el suyo, se casó con un soldado estadounidense para salir de una Italia arrasada y ahora está atrapada en su decisión. Pero cuando aparece Kincaid y le da la opción de irse, de cambiar de vida y ella decide quedarse supongo, no sé, que tal vez su vida le parece menos opresiva porque, teniendo la oportunidad de irse, ha vuelto a elegirla.
Pues eso es lo que yo quiero: Ventanas abiertas para que entre el aire, puertas sin llaves para entrar y salir a placer. Y, a pesar de todo, una vida acogedora y agradable de la que, sabiendo que tengo la posibilidad, no quiera irme.